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Tomatoes #1

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(EUROPA PRESS) -  Investigadores del Instituto Nacional de Investigación Genómica Vegetal en Nueva Delhi (India) han ampliado la duración de la vida del tomate tras su recolección en unos 30 días al suprimir enzimas que promueven la maduración. Los resultados del trabajo se publican en la edición digital de la revista ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS).

Los científicos, dirigidos por Asis Datta, identificaron dos enzimas, la alfa-manosidasa (alfa-Man) y la beta-D-N-acetilhexosaminidasa (beta-Hex), que se acumulan en los tomates en fases críticas de su maduración.

Los investigadores vincularon la alfa-Man y la beta-Hex en concreto con el ablandamiento de la fruta asociado a su maduración, un fenómeno de interés porque un ablandamiento excesivo da lugar hasta a un 40 por ciento de las pérdidas de la fruta tras su recolección.

Los autores utilizaron técnicas de modificación genética para “silenciar” las enzimas en los tomates e informan de que los tomates experimentales que carecían de alfa-Man eran aproximadamente 2,5 veces más firmes que los convencionales y que aquellos que carecían de beta-Hex eran 2 veces más firmes.

Los autores explican que ambos tipos de tomates transgénicos mantenían su textura y firmeza hasta 45 días en comparación con los tomates convencionales, que comenzaban a encoger y perder textura después de 15 días.

Los investigadores descubrieron que las plantas de tomate transgénicas crecían de forma normal y producían las cantidades típicas de vegetación y fruta, que maduraba a la tasa normal.

Según los autores, la manipulación de las enzimas que altera la velocidad y duración de maduración podría ayudar a aumentar la duración de los tomates en los comercios y, posiblemente, la de otras frutas.

Tomate
ENTREVISTA A CATHIE MARTIN. PIONERA DEL DISEÑO GENÉTICO DE LAS PLANTAS.

Tengo 54 años: investigo menos y gestiono más, pero la ilusión es la misma. Nací en Londres, pero afortunadamente mi acento lo adquirí en Cambridge. Soy científica progresista: los manifestantes contra la fitogenética son reaccionarios que frenan la lucha contra el hambre.

Para qué queremos un tomate púrpura?

El color púrpura de nuestro tomate genéticamente modificado es un pigmento, presente en las berenjenas, que indica que contiene nutrientes biosaludables.

¿No los tiene el tomate rojo?

Tiene otros también beneficiosos, pero no esos. Lo único que hemos hecho es diseñar genéticamente un tomate que sabe a tomate, huele a tomate y es un tomate, pero de color púrpura, que indica que, además, tiene otros nutrientes muy saludables.

Pues me como una berenjena y listos.

No tiene los fitonutrientes que incorpora nuestro tomate púrpura: cardiosaludables, antioxidantes, anticancerígenos y quemadores de grasas. Esos nutrientes en su dieta habitual quemarían sus grasas excedentes.

Esas son muchas promesas.

Demostradas empíricamente en grandes ensayos. Por ahora esos nutrientes sólo están también en lo que en inglés llamamos “berries”: arándanos, frambuesas, fresitas salvajes, grosellas, endrinas, moras…

Frutos del bosque: sabrosos.

… Pero caros, de temporada y difíciles de conseguir, porque se recolectan a mano en la espesura, y de cultivar fuera de ella. ¿Por qué privarnos de esos preciosos nutrientes si ya podemos incorporarlos con los tomates púrpura a cada ensalada diaria?

Supongo que igual que diseña tomates púrpura podría diseñar melones rojos.

Los diferentes pigmentos señalan que la planta contiene diversos bionutrientes, pero lo importante no es el color, sino sus efectos sobre nuestro organismo.

¿Y…?

Las posibilidades son enormes y realizables. De hecho, en mi laboratorio estamos convencidos de que el verdadero campo de experimentación médica está en los vegetales diseñados genéticamente.

“Que tu medicina sea tu alimento”.

Exacto. Y hoy todos los alimentos son posibles: podemos diseñarlos a medida de nuestra salud e integrar con la genética todo tipo de nutrientes en una gran diversidad de vegetales sin renunciar a su sabor.

Muchos ya carecen de él.

Hay fitonutrientes con eficacia probada contra el cáncer, el envejecimiento de la piel, la obesidad – como ese tomate que logra quemar grasas acumuladas en nuestro cuerpo-o cardiosaludables. Esa es mi especialidad.

La presentan como pionera del diseño genético de plantas.

En lo que se ha distinguido mi equipo es en realizar nuevos diseños de vegetales que suplan la pérdida de nutrientes con los nuevos y poco saludables hábitos de comida rápida y barata y que combatan la epidemia de obesidad que han causado.

Los tomates no son píldoras mágicas.

Son mucho mejores. Estamos hablando no de pastillas sino de hábitos. Comer esos nutrientes durante años en cantidades constantes mejora la salud de forma definitiva.

¿Y no se pueden conseguir esos vegetales milagrosos fuera del laboratorio?

Las técnicas de injerto y cruce han conseguido maravillas, pero son mucho más lentas que el diseño genético: requieren años de experimentación. Hay casos felices, como la naranja sanguina en todas sus variedades, más rica incluso en fitonutrientes saludables que las demás variedades de cítricos.

¿Por qué la sanguina no se vende más?

Es más nutritiva, pero también más delicada; más difícil de pelar; menos resistente a los cambios térmicos; tiene menos mercado… Ahora estamos rediseñándola, y es fácil y rápido mejorarla genéticamente.

No le veo ningún inconveniente.

Pues tenemos opositores cerriles, ruidosos y bien organizados con interés en que no creemos más especies alimenticias. Y no le he hablado de otra línea de investigación: diseñamos patatas resistentes a plagas de insectos y hongos como el tizón tardío.

Ese tizón suena a mal bicho.

Es un hongo que mató de hambre a miles de irlandeses y europeos durante el siglo pasado y todavía destruye cosechas.

¿Y qué propone?

Mejorar genéticamente la resistencia de las cosechas a plagas y la productividad de sus cultivos: ¿no es eso mejor que ahogar los campos en insecticidas tóxicos y en fertilizantes químicos caros y contaminantes?

Yo diría que sí.

Pues nos enfrentamos a una oposición muy organizada al progreso fitogenético. Son grupos de interés que temen perder su posición en los mercados – por ejemplo, el lobby de la comida orgánica-y otros paleoagrícolas tradicionalistas mal informados.

¿Detendrán la revolución genética?

Están causándonos problemas serios que contribuyen a frenar avances alimentarios en zonas que los necesitan, y no hablo sólo del tercer mundo, también del nuestro.

¿Cómo?

Los gobiernos, sensibles a las campañas contra la ingeniería genética – que no se ha demostrado dañina nunca-y a su efecto en los votantes, endurecen sus requisitos burocráticos, su normativa y el acceso a la financiación de la investigación.

Los transgénicos aún dan miedo.

Por eso los antigenetistas han logrado así lo que querían evitar, y es que sólo una multinacional como Monsanto obtenga rentabilidad de sus transgénicos y que las pequeñas empresas se vean obligadas a renunciar al progreso genético.

Puré Parmentier

Cathie Martin denuncia la demagogia antitransgénica “que no sólo frena la lucha contra el hambre; también dificulta los avances contra la obesidad y las cardiopatías”. Y evoca, en la Obra Social de La Caixa, la argucia del filántropo Parmentier para introducir la patata en la Francia revolucionaria de las hambrunas y vencer los prejuicios de quienes la consideraban alimento para la plebe o incluso planta venenosa. El astuto Parmentier plantó patatas en un huerto y lo rodeó de guardias armados que las vigilaban día y noche. Pronto el tubérculo prohibido adquirió prestigio social. “Para que los acepten habrá que meter los transgénicos – bromea Cathie-en cajas fuertes”.

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Creative Commons License photo credit: Lori Greig

Los partidarios de los productos transgénicos destacan su rentabilidad y eficiencia, mientras otros alertan de peligros sanitarios.

El maíz inmune a las plagas de insectos o los tomates que tardan en madurar es sólo la punta del iceberg de la biotecnología, una industria que tiene en su mano el futuro de la alimentación mundial. La comida transgénica, la que se fabrica en un laboratorio jugando con los genes, es para unos la solución a los problemas de agricultores, consumidores y países enteros con escasez de alimentos, y para otros, un monstruo sin ética ni control que cambiará el modo en el que comemos y vivimos

¿Qué son los transgénicos?

Los transgénicos son organismos que han sido modificados en el laboratorio alterando su composición genética para conseguir que sean más rentables y productivos o resistentes a determinadas patologías. La industria suele referirse a ellos como “productos biotecnológicos” y la Administración, por las siglas OMG (organismos modificados genéticamente). Hay alimentos de consumo animal y humano que son transgénicos, como el maíz resistente a plagas o malas hierbas, tomates que tardan más en madurar o patatas diseñadas para absorber menos aceite al freírse. Pero también se producen plantas transgénicas (por ejemplo, geranios de todos los colores), animales e híbridos (se han realizado experimentos de tomates con genes de salmón para que resistan mejor el frío).

. ¿Hay alimentos transgénicos a la venta?

De momento, la UE ha aprobado la comercialización y producción de 18 productos transgénicos, de los que cinco son alimentos: cuatro variedades de maíz (resistentes a herbicidas y al insecto taladro) y una de soja. Sin embargo, las multinacionales han solicitado autorización para más de un centenar de productos y alimentos más, que aún están pendientes de resolución.

. ¿Qué dice la ley?

Un organismo de la UE, la EFSA, es el que decide lo que se comercializa y lo que no en toda la Unión. Así, aunque los Estados miembros no pueden impedir la venta de transgénicos autorizados por Bruselas, sí pueden decidir si permiten que los transgénicos se cultiven en su territorio. Nueve países europeos (entre ellos, Francia, Alemania e Irlanda) se han declarado “libres de transgénicos”, es decir, prohíben estos cultivos. En España, la plantación de maíz transgénico resistente al taladro comenzó en 1998; el año pasado se cultivaron en todo el Estado, principalmente en la zona del Ebro y Andalucía, 80.000 hectáreas de maíz transgénicos patentados por multinacionales como Monsanto, Pioneer o Syngenta. Todas las competencias para autorizar plantaciones comerciales o experimentales las tiene el Ministerio de Medio Ambiente, a través de la Comisión Nacional de Bioseguridad, aunque se tiene en cuenta la postura de las comunidades a la hora de elegir la ubicación de los cultivos. La mitad de los ensayos con transgénicos de toda la UE se hacen en España, casi todos con cultivos de maíz, remolacha, trigo, patata y algodón.

. ¿Cómo se puede distinguir un alimento transgénico de uno convencional?

La UE obliga a indicar en las etiquetas de los productos si se trata de un alimento modificado genéticamente o producido con algún componente transgénico, pero sólo si el componente de OMG supone más de un 0,9% del total de ingredientes. Sin embargo, no es obligatorio indicarlo en las etiquetas de productos derivados de animales alimentados con transgénicos, como la leche, los huevos o la carne, pese a que el 90% de los piensos para animales que se compran en Galicia ( y en toda Europa ) están elaborados con maíz o soja transgénica procedente de América.

. Argumentos a favor.

Los representantes de las industrias que fabrican, patentan y venden los transgénicos aseguran que todas las partes salen ganando con ellos: el agricultor, porque puede obtener más rendimiento de sus plantaciones; el consumidor, que ya no ingerirá tantas cantidades de herbicidas y pesticidas, puesto que las plantas pueden ser resistentes a determinadas plagas; la tierra, porque se pueden diseñar plantas capaces de crecer en terrenos secos, algo que beneficiará también a los países pobres con poco terreno fértil; e incluso a la salud, puesto que, aseguran, en los alimentos transgénicos se podrían introducir los genes que combaten algunas enfermedades humanas. Además, los partidarios de los alimentos transgénicos subrayan que es “absurdo” que se cuestione la alimentación de los humanos con transgénicos cuando ya están presentes en casi todos los piensos animales, aseguran que con las medidas de seguridad -separación de 200 metros de otras fincas, limpieza de la maquinaria usada en los cultivos transgénicos- se evita la contaminación de otras parcelas e insisten en que todos los OMG que han sido autorizados han pasado “rigurosos” controles sanitarios que garantizan que no son dañinos para los humanos ni para el medio ambiente.

. Argumentos en contra.

Los ecologistas de todo el mundo llevan más de una década en pie de guerra contra las empresas que producen alimentos transgénicos y contra los Gobiernos y Administraciones que permiten su cultivo y comercialización. Para explicar su oposición frontal a los organismos modificados genéticamente, esgrimen informes y estudios científicos según los cuales la ingesta de estos alimentos puede provocar alergias o inmunidad a algunos medicamentos como los antibióticos. Otras investigaciones han demostrado que en los lugares donde se han cultivado transgénicos han desparecido algunas especies de flora y fauna. Otra de las razones para los detractores de los transgénicos es de tipo económico-social: el sistema por el que las grandes multinacionales patentan cada una de las variedades que ensayan desembocará en un mercado monopolizado por “cuatro o cinco proveedores” en el que no tendrá cabida el pequeño productor ni la agricultura tradicional. Además, aseguran que, como ya sucede en el mercado de EEUU (productor del 65% de los transgénicos de todo el mundo), cada vez habrá menos variedad de plantas y verduras, con las consecuencias que ello supone para la nutrición humana y animal. Otra de las batallas argumentales es la de la ética, dado que la biotecnología supone una manipulación de la esencia de la vida con fines económicos.

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